El hombre que no tenía tiempo
Don Gerardo llegó doce minutos tarde y entró al consultorio como si el mundo le debiera una disculpa. Saco gris, corbata aflojada, teléfono en la mano izquierda y en la derecha un café de Starbucks que, por el tamaño, parecía más un proyecto arquitectónico que una bebida. Sesenta y un años, aunque él diría cincuenta y ocho si le preguntas. Lo sé porque me lo dijo la primera vez que vino, hace tres años, y desde entonces cada visita empieza igual: con prisa.