El hombre que no tenía tiempo

Don Gerardo llegó doce minutos tarde y entró al consultorio como si el mundo le debiera una disculpa. Saco gris, corbata aflojada, teléfono en la mano izquierda y en la derecha un café de Starbucks que, por el tamaño, parecía más un proyecto arquitectónico que una bebida. Sesenta y un años, aunque él diría cincuenta y ocho si le preguntas. Lo sé porque me lo dijo la primera vez que vino, hace tres años, y desde entonces cada visita empieza igual: con prisa.

—Doctor, perdón por la tardanza, es que tenía una junta que se extendió y luego el tráfico está imposible y…

No terminó la frase. Nunca la termina. Se sentó, dejó el teléfono boca abajo sobre mi escritorio — un gesto que interpreto como su versión de meditación — y me miró con esa cara que conozco bien: la de un hombre que viene porque su esposa lo mandó.

—¿Cómo has estado, Gerardo?

—Bien, bien, ya sabe. Mucho trabajo. La empresa está en una etapa de reestructuración y pues me toca a mí resolver todo porque nadie más… en fin. Bien.

Le pedí que se quitara el saco para tomarle la presión. Mientras le colocaba el manguito noté que había subido de peso — quizá cuatro o cinco kilos desde su última visita. No se lo dije todavía. Hay un momento para cada cosa en una consulta, y ese momento no era éste.

La presión marcó 148/92. Alta. No alármantemente alta, pero lo suficiente para que yo levantara una ceja internamente. La última vez había estado en 130/85. Le pregunté si estaba tomando su medicamento.

—Sí, bueno… a veces se me pasa. Es que en las mañanas salgo volando y…

—¿Cuántas veces a la semana dirías que se te pasa?

Silencio. Hizo cuentas con la mirada fija en el techo, como si la respuesta estuviera escrita ahí arriba.

—Dos… tres. Bueno, a lo mejor cuatro.

Cuatro de siete. Es decir, más de la mitad del tiempo no estaba tomando el medicamento que le controla la presión arterial. Pero lo interesante no era el número. Lo interesante era que Gerardo no venía por la presión. Venía porque su esposa, Laura, había notado que últimamente se despertaba a las tres de la mañana y ya no podía volver a dormir. Eso era lo que le preocupaba a ella. A él no le preocupaba nada, por supuesto.

—¿Y tú cómo duermes?

—Normal. O sea, me despierto temprano pero porque tengo muchas cosas en la cabeza. No es insomnio, es que soy productivo.

Sonreí. No porque fuera gracioso sino porque he escuchado esa frase, con variaciones mínimas, unas quinientas veces en mi carrera. El insomnio disfrazado de productividad. El cuerpo que grita y el dueño que insiste en que es una virtud.

Le pedí análisis de sangre y un electrocardiograma que salió normal, lo cual era bueno pero no completo. Porque el corazón de Gerardo estaba bien en el sentido estricto — no había arritmia, no había daño estructural — pero estaba trabajando de más. Como un motor que funciona perfectamente pero al que alguien le tiene pisado el acelerador todo el día. El cortisol — la hormona que el cuerpo produce cuando está en modo de alerta — estaba haciendo su trabajo demasiado bien: subiendo la presión, acumulando grasa abdominal, interrumpiendo el sueño, mandando azúcar a la sangre por si había que salir corriendo de un peligro que, en el caso de Gerardo, era un correo electrónico de su jefe a las once de la noche.

El estrés crónico no es una emoción. Es un estado fisiológico. Tu cuerpo no distingue entre un león que te persigue y una reestructuración corporativa: la respuesta química es la misma. La diferencia es que del león huyes una vez; de la bandeja de entrada no huyes nunca.

Llevo cincuenta años viendo pacientes y puedo decir con certeza que el Gerardo de hoy no existía hace treinta años. Existía el ejecutivo estresado, sí, pero tenía bordes. La oficina cerraba a las siete. El fin de semana era fin de semana. Las vacaciones eran vacaciones. Hoy el trabajo es un líquido que se mete por todas las grietas de la vida — el teléfono en la mesita de noche, el correo en el baño, la llamada en el coche camino a la cena familiar.

Veo esto especialmente en hombres de la generación de Gerardo: cincuenta y tantos, sesenta y pocos, que crecieron con la idea de que un hombre no se queja, no se cansa y no pide ayuda. El estrés para ellos no es un problema de salud sino un símbolo de estatus. “Estoy muy estresado” dicho con cierto orgullo, como quien dice “soy indispensable.” Sus hijos, en cambio, hablan de salud mental con una naturalidad que a veces me conmueve. Dos generaciones, sentadas en la misma silla de mi consultorio, con el mismo corazón pero ideas muy distintas de lo que significa cuidarlo.

Le ajusté la dosis del medicamento y le pedí que viniera en un mes. Pero también le dije algo que no está en ningún recetario: que el sueño no es un lujo, que despertarse a las tres de la mañana no es productividad, y que su esposa no lo mandó al cardiólogo porque estuviera exagerando sino porque lo conoce mejor de lo que él se conoce a sí mismo.

Se puso el saco, recogió su café ya frío y me dijo que lo iba a pensar. En la puerta, sin voltear, añadió: “Doctor, ¿y usted a qué hora se despierta?

No le contesté. Porque a veces la pregunta más importante de una consulta es la que hace el paciente al salir.
Y porque, si soy honesto, a mí también se me olvida tomar mi propia medicina de vez en cuando.

Me pregunto: ¿en qué momento decidimos que el descanso era algo que había que ganarse? ¿Y qué pasaría si dejáramos de tratar al sueño como un premio y empezáramos a tratarlo como lo que es — una necesidad tan básica como el agua?

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Los pacientes y situaciones descritos en este blog son ficticios. Cualquier parecido con personas reales es coincidencia. La información médica contenida en este artículo es de carácter general y no sustituye la consulta con un profesional de la salud.

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